
Esta es la historia de un chico californiano que quiso ser tan grande como los Beatles, y no lo logró, pero en el caminó dejó uno de los discos más bellos de todos los tiempos.
Brian Wilson ya había logrado el éxito con los Beach Boys a principios de los sesenta, a base de una fórmula infalible: sol, playa y fiesta. Sin embargo, sus ambiciones iban más allá, luego de escuchar las genialidades que los de Liverpool comenzaron a grabar a partir de Rubber Soul.
Armado de una oreja privilegiada para el pop (“Debería donarla al Smithsonian Institution”, dijo alguna vez Dylan), Wilson envió al resto de los Beach Boys de gira mientras él se encerraba en el estudio a estructurar lo que sería una de las joyas más finas de los sesentas: Pet Sounds. Apenas iniciaba 1966.
En este disco las exquisitas armonías vocales de los chicos de la playa se unen a arreglos y orquestaciones de una fastuosidad poco antes vista en el mundo del pop. Canciones como “God only knows”, “I’m waiting for the day” o “You still believe in me” rozan la genialidad y parecieran casi tocar el cielo.
Sin embargo, pronto salió el Sgt. Pepper’s de los Beatles, y los sueños de grandeza de Wilson se esfumaron. Incapaz de convencer al resto de la banda y a la disquera, no pudo terminar su siguiente obra, el ambicioso Smile, y se retiraría a un segundo plano.
Pet Sounds, sin embargo, se mantiene como una de las obras clave de los sesenta. El mismísimo McCarteny, quien llora cada que escucha “God only knows”, dice: “Creo que nadie puede tener una educación musical si no ha escuchado este álbum. Me gusta la orquesta, los arreglos y tal vez va a parecer exagerado si digo que este disco es el clásico del siglo”.
Colaboración para la página “La Guarida de la Banda” del diario Guardián, de Saltillo, Coahuila. 8 de julio de 2010.