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A Quitzé Fernández y a Nazul Aramayo
Crecimos con ella. Eran las canciones que programaban los sonidos en las fiestas de la secundaria y en los quinceaños. Eran las que sonaban a todo volumen en el destartalado San Julián Alianza o en el Ruta Sur Dalias. Era lo que escuchaba tu vecino a todo volumen desde las diez de la mañana. Era lo que sonaba en la TV los sábados en “Mira que bonito”. Todos los laguneros crecimos con la cumbia tropical, como una parte insistituible de la vida en este rincón de México.
Pocas veces nos sentamos a pensar que eso, esa cumbia que algunas veces en el pasado despreciamos, era uno de los elementos más ricos de nuestra identidad.
Tropicalísimo Apache celebró sus 30 años de trayectoria con un inesperado concierto en el Teatro Nazas. Inesperado, por lo menos para mí, en la lejanía del exilio regiomontano. En una tierra de fuertes tradiciones musicales, de norteño, vallenato y tejano, donde nadie sabe quiénes son los Chicos de Barrio. Parecía que la cumbia tropical lagunera quedaba atrás, en una bruma de juventud, de lejanos años noventa.
Pero la cumbia ha seguido ahí, vigorosa, sorteando espacios en la radio y en los bailes, entre grupos de norteño, pasito duranguense y banda.
En la Comarca siempre ha gustado la cumbia tropical. Esa invención mexicana ya bastante alejada de la cumbia y el vallenato folclórico colombiano. No sorprende que la legendaria y colombianísima Sonora Dinamita le haya dedicado a esta región una de sus cumbias más célebres, “El lagunero”, cuyo estribillo aún se canta en las gradas del Estadio Corona.
Ahora suena tan lejano 1982, en que Arturo Ortíz comenzó la aventura de Tropicalísimo Apache, una institución lagunera un año más antigua, incluso, que el Club Santos Laguna. Después vinieron otros cañonazos como Sonora Everest, Tropicalísimo Lobo, Los Capi o los legendarios Chicos de Barrio.

Quizá sea Chicos de Barrio quienes terminaron de dotar de identidad a la cumbia tropical lagunera, no sólo con su música -a pesar de que recurrieron continuamente a la fórmula fácil del cóver-, sino con su imagen, expresión por antonomasia del cholo norteño. Dimas Maciel -ahora convertido al cristianismo- y Susana Ortiz no sólo aportaron clásicos como “La cita”, “Flor de melón”, “Te invito a bailar” o “El baile del gavilán”, sino que definieron lo que era hacer cumbia en la Comarca.
Su sonido llegó incluso a las pantallas de Cartoon Network, con el tema de la caricatura Mucha Lucha.
Los treinta años no son solamente de Apache, sino de toda la cumbia lagunera. Y ya va siendo tiempo de que historiadores, investigadores, periodistas y escritores pongan mano a la obra y nos cuenten las historias de estos grupos, que hicieron de Torreón, Gómez y Lerdo tierra cumbiera con identidad propia, una identidad muy lejana de Colombia y Monterrey. Por lo pronto, Nazul Aramayo ha puesto manos a la obra, y en sus crónicas aspira a recoger momentos en la historia de Dimas y sus Chicos de Barrio.
Pero hay todo un mar de sonidos y bandas a la espera de ser contadas. Nadie lo ha hecho todavía, y ya es momento.
Yo sé que el viento va y viene lejos…
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