En los campos del dolor
Al inicio de su documental El Niño Fidencio, taumaturgo de Espinazo, Nicolás Echeverría ofrece una imagen que pareciera resumir toda la carga simbólica del peregrinaje, del viaje en busca de la redención. Tras un cambio en las señales, el tren arriba a Espinazo. Es octubre, a principios de los años ochenta, y de aquellos vagones color verde olivo, y de sus ventanas, caen bultos y paquetes con el equipaje de los fieles. Con ello se inicia el recorrido hasta la tumba del Niño Fidencio, santo popular del norte de México, centro de una religión cuyo santuario se encuentra en la frontera de Nuevo León con Coahuila. En el mero centro de un triángulo imaginario cuyos vértices serían Saltillo, Monclova y Monterrey.
Ahora es octubre de 2008 y por las vías que cruzan Espinazo sigue transitando el ferrocarril, que ya sólo transporta carga: materiales, automóviles, maquinaria. De aquella activa estación de tren sólo quedan ruinas. A los lados de las vías la gente acampa. Se instalan en torno a sus trocas para prender fogatas. Los niños arrojan piedras a los vagones que pasan lenta y perezosamente.
“La gente que venía a ver los milagros del Niño platicaban la historia de él, cómo curaba”, dice en su cabina Javier Raybosa, maquinista del tren que pasa, al momento que presiona un botón para emitir el conocido pitido que se oye a cada momento en Espinazo.
El tren cubre la ruta Piedras Negras-Saltillo, y de su interior ya no salen los peregrinos. Ahora llegan por un camino precario que los une con la carretera Monterrey-Monclova. Al momento de tomar el entronque un pequeño altar improvisado de banderines y estatuas de águilas llama la atención del viajero y recibe al visitante.
Al tomar el entronque de ida vemos a un par de hombres que bajan de una camioneta y se persignan ante el busto de Fidencio Constantino Síntora. Vienen de Espinazo, de los llamados “campos del dolor”. Ha terminado para ellos la peregrinación de decenas, quizá centenas de kilómetros. Empieza el retorno a casa. A Matamoros, Coahuila; a Río Verde, San Luis Potosí; a Dallas, Texas. Hasta el próximo año, hasta las próximas fiestas.
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“No son pobres los pobres. No son ricos los ricos. Sólo son pobres los que sufren de dolor”, indican las conocidas palabras del Niño. Durante octubre y marzo de cada año, la población de 300 habitantes de Espinazo se ve incrementada en 70 mil peregrinos que acuden a este caserío en busca de sanación, en pago de una manda, o simplemente en actitud de ferviente devoción.
Remontándonos atrás, sabemos que José Fidencio de Jesús Constantino Síntora nació en Irámuco, Guanajuato, en 1889. Desde 1921 se estableció en Espinazo, como cocinero y asistente de Enrique López de la Fuente, ex general revolucionario, amigo suyo de la infancia y administrador de una hacienda cercana.
Pronto se hicieron evidentes los poderes de curandero que tenía el joven Fidencio. Para 1927 su fama era tal que gran cantidad de pacientes llegan hasta esta escondida estación en los linderos de Coahuila y Nuevo León.
Generalmente daba pociones de té de yerbas medicinales. A los pacientes graves los tocaba, los untaba con pomadas hechas por él y rezaba con ellos. Operaba tumores y toda clase de anomalías físicas. Para ello usaba un vidrio de botella rota. Nunca usó bisturí, a pesar de haber recibido algunos como regalo de sus pacientes.
Otros métodos consistían en la inmersión en las aguas sanadoras de un charquito ubicado a un costado de su casa, subir a los paralíticos a un columpio, o encerrar a los mudos en una jaula con un felino al que le quitó las garras y los dientes.
Fidencio nunca cobró por su trabajo, ya que se consideraba sólo era un intermediario entre Dios y la gente. Al crecer las multitudes que llegaban en busca de curación, se hizo imposible que los atendiera a todos individualmente y entonces comenzó a hacer curaciones masivas. Se subía a la azotea de su casa y desde ahí lanzaba naranjas a la multitud. Aquél que era golpeado por alguna, quedaba sanado.
El episodio más famoso de su historia es cuando en 1928 el presidente de la República, Plutarco Elías Calles, acudió a Espinazo a que lo curara de una enfermedad de la piel que padecía. El Niño Fidencio dio un trato especial a Calles, quien sanó con los ungüentos proporcionados.
A su muerte, el 19 de octubre de 1938, fue enterrado en su misma casa, al ver que no se completaba el milagro de su resurrección. Terminaba la vida de Fidencio, pero comenzaba la de su legado, materializado ahora en el fidencismo.

Setenta años sin “el Niño”
El camino hacia Espinazo está poblado de altares, de “tronos”, como los llaman los devotos fidencistas, entre papeles de colores, imágenes de Fidencio, flores y veladoras. En el trayecto se topa uno con un balneario de “aguas medicinales”. Pero más allá continúa el trayecto entre la seca tierra del desierto. A la vuelta de una pequeña loma está Espinazo, recibiendo al visitante entre una multitud de puestos de fayuca, souvenirs religiosos, o comida. La imagen del Niño convive entre las de San Judas Tadeo, la Virgen de Guadalupe, Pancho Villa, o entre comerciantes de ropa usada, trastos de cocina, hot dogs, pan de pulque o discos piratas.
Desde el 10 y hasta el 19 de octubre los peregrinos llenan Espinazo. Los pocos recintos de hospedaje ya están ocupados para esa fecha y la mayoría de la gente prefiere dormir a la intemperie. Estacionan sus camiones o camionetas a ambos lados de la vía, e improvisan su estancia entre cobertores y bolsas de dormir. Algunos cargan con sus tiendas de campaña, pero en Espinazo la fiesta pareciera no dormir.
Este año es especial. Son setenta años sin el Niño. El 19 de octubre de 1938 Fidencio murió en Espinazo. Muchos dicen que víctima del agotamiento, de atender a tantos como llegaban a Espinazo. El acta de defunción menciona que de cirrosis. En vano esperaron sus devotos su resurrección. Al tercer día, y al ver que el Niño no volvió a la vida, las autoridades sanitarias ordenaron sepultar el cadáver. Su tumba, desde entonces, está dentro de su hogar, y a visitarla acuden gran cantidad de devotos peregrinos, en los meses de marzo (alrededor del día de San José) y en octubre (fechas de su nacimiento y muerte).
Son setenta años sin el Niño. Pero su herencia religiosa sigue viva. En Espinazo no cesan de llegar las “misiones” de todas partes del norte de México y el sur de Estados Unidos. Un sagrado pirulito es el punto de reunión, donde las cajitas, poseídas por el espíritu de Fidencio, adoptan su voz aguda, de niño, y reciben a enfermos, a dolientes, a desesperados. Masajes, caricias, bailes, pomadas, palabras de aliento son otorgadas en un estado de trance mediante el cual no es la persona quien sana, sino Dios, a través de Fidencio.
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El fidencismo evidentemente cuenta con el rechazo de la Iglesia Católica. Mucha gente lo considera una secta, o un simple fanatismo. La realidad es que el fidencismo es una religión registrada como tal ante la Secretaría de Gobernación, desde 1993, bajo el nombre de Iglesia Fidencista Cristiana.
Ésta se fundó en torno a los descendientes de Enrique López de la Fuente (1896-1974), a quien ya hemos ubicado como el amigo de infancia de Fidencio que lo llevó a vivir a Espinazo.
Las hijas de Enrique: Fabiola, Consuelo, Herminia y América, fundaron la iglesia, junto con el esposo de Fabiola, Heliodoro González. Sin embargo, hay también otras corrientes fidencistas que buscan hacer santo a Fidencio en el seno de la Iglesia Católica.
Las “cajitas” o “materias” son personas con el don de recibir en su cuerpo el espíritu de Fidencio, y por ende, realizar sanaciones, siguiendo sus mismos métodos. Para mediados de los noventa se contabilizaba un número aproximado de 600 cajitas en el norte de México.
Los preceptos son servir al prójimo como un privilegio, actuar como instrumento de Dios y difundir la doctrina de Jesús de Nazaret, ya que Fidencio no es más que un apóstol de Jesucristo. Una de sus funciones primordiales es la sanación material y espiritual, a través de sus ministros y cajitas. Sus ritos y liturgia apenas se empiezan a desarrollar, en un ambiente que busca ser incluyente y abierto.

“Que las horas de este día no pasen si amor…”
Sin embargo, en Espinazo no sólo el Niño está presente. Un hombre vestido de revolucionario -bigote, carrilleras, sarakof color caqui- también reparte curaciones. Es un cajita de Pancho Villa, cuyo culto, al igual que el de la Santa Muerte, comienza a ser más común en el norte de México.
El centro de todas estas curaciones es el pirulito ubicado al lado de las vías del tren, en la entrada de Espinazo. Éste marca el inicio de un breve trayecto por entre las congestionadas calles del ejido, rumbo a la casa ahora convertido en santuario. Unos músicos saludan y enseñan sus insignias de Fidencio mientras se animan a tocar uno de los muchos corridos que en honor del Niño se han compuesto, a ritmo de bajosexto, acordeón y contrabajo.
En este punto del norte no hay señal de celular, aunque circulan los dólares y la música no cesa. Desde una cabina de sonido se emite tanto cantos fidencistas como anuncios. Sus altavoces colocados en lo alto de una antena son el más efectivo medio de comunicación: “A la cajita fulana, su misión la busca en el pirulito”. “Se le recuerda a la cajita mengana que debe presentarse en la oficina”, dicen continuos llamados.
Luego más música…
“Que las horas de este día no pasen sin amor / pidiéndole a Dios y al Niño que nos de su bendición”. Es la oración consignada los papeles que cuelgan en la calle principal de Espinazo, papeles que se chamuscan al inicio de los juegos pirotécnicos nomás al caer la noche.
Hay quienes avanzan arrastrándose hasta el santuario de Fidencio. La vista extraviada, concentrados en su pesar, en el sentido de su manda, con profunda devoción. Ruedan por entre el polvo de las calles, desde el pirul hasta la lápida del Niño.
A ellos los rodean las manos entrelazadas de los miembros de su misión. Las señoras entonan cánticos, que ahora no están escritos en devocionarios católicos, sino en libretas que van recogiendo esa rica tradición oral de la cual son partícipes. Música y baile. Dolor y devoción. El color de la pirotecnia, del papel de china, del pan, de los restaurantes, de las capas de los cajitas. El dolor y la redención de los frascos con los tumores que Fidencio extrajo operando sólo con un pedazo de vidrio, las muletas entronadas en una pared de retablos, testimonio de los milagros cumplidos. Y atrás de esta pared el llamado Teatro Nacional, gran salón con murales que recogen la historia devota del Niño, donde los matachines danzan al ritmo de los tambores y el fidencismo oficia sus incipientes servicios religiosos.
En el charquito la gente sigue sumergida, a pesar de que ya cae la noche; gente que se toma de las manos, se sumerge, reza en esa agua lodosa, oscura. Apenas a unos metros se improvisa una pista de baile donde un grupo en vivo despacha cumbias a varias parejas animosas. La fiesta no cesa en Espinazo, y el sueño de los fieles, que duermen a algunos metros de ahí, a los lados de la vía del tren, es sólo perturbado por los cohetes y el pitido de un ferrocarril que nunca los volverá a transportar de regreso a sus hogares.
Un documental alabado, un evangelio polémico
De regreso al pirulito vemos que un hecho novedoso llama la atención de los devotos: el estreno del documental de Juan Farré, Niño Fidencio, de Roma a Espinazo. Una nueva cinta, luego de la de los años ochenta de Nicolás Echeverría, que ya hemos apuntado.
A pesar de los problemas en cuanto a la corriente eléctrica, el documental finalmente es proyectado en la localidad que lo originó. La cinta ya ha recorrido algunos festivales en el extranjero y se proyectó en el pasado Festival Internacional de Cine de Monterrey.
A esta presentación debía agregarse la del largamente anunciado Evangelio del Niño Fidencio, de Felipe Montes, pero el retraso del escritor provocó que la película fuera proyectada en primera instancia.
Felipe, reconocido ya por novelas como El enrabiado o El vigilante, es fidencista por elección, luego de que hace doce años visitara Espinazo por primera vez, visita que lo dejara marcado, hasta el punto de erigirse en el primer evangelista del Niño Fidencio. Evangelio que bien podría ser el primer libro canónico de la incipiente religión norestense, pero que ha sido dado a la luz en un ambiente de polémica.
“…cuando me metí a bañar y cuando me tocó el chorro de agua fría empecé a oír dentro de mí una voz, como cuando estoy pensando, pero que no podía detener. Sabía que era mi voz pero no entendía lo que decía”, mencionó Felipe alguna vez, en entrevista para Milenio, narrando ese momento espiritual, al regresar de Espinazo, que lo hizo asumir esta labor literaria.
Según algunas fuentes, el primer evangelio de Jesucristo se redactó a setenta años de su muerte y resurrección. En este 2008, a setenta años de la muerte de José Fidencio de Jesús Constantino Síntora, el primer evangelio, apócrifo o no, aprobado o no, es dado a la luz.
“Tenemos el orgullo de estar viendo como una religión germina y prospera en nuestro territorio”, mencionaba Felipe, en entrevista, unos días antes de las presentaciones, programadas para el viernes 17 de octubre en Espinazo, y para el domingo 19 en la XVIII Feria Internacional del Libro de Monterrey.
El escritor mencionó, en ese momento, que tuvo que esmerarse en un trabajo delicado, basándose en entrevistas con gente, fuentes directas, indirectas, testimonios, crónicas, investigación de otras personas.
“Me tranquiliza saber de que no alteré nada de lo que me han dicho, aunque sean versiones encontradas. Yo más bien me dediqué a borrar del mapa, a difuminar, cuestiones cómo quién era el presidente. Restarle importancia a que si un político o un personaje de ese tipo fue para allá. Simplemente lo convertí en gobernador y se acabó”, mencionó.
Pero es ya viernes 19 de octubre y en Espinazo se proyecta el documental de Juan Farré, ante la mirada atenta de una gran cantidad de fidencistas que se han congregado en aquel lugar frente al pirulito. Felipe Montes hace su arribo momentos después del inicio de la proyección.
Para ese momento, Ramón Ariel González López, uno de los hijos de doña Fabiola López de la Fuente, jerarca de la Iglesia Fidencista Cristiana, ya había leído las primeras páginas del Evangelio y se encuentra inconforme con su contenido.
El reclamo principal del líder fidencista hacia el escritor radicaba en el uso de los nombres completos de miembros de la familia, descendientes de Enrique López de la Fuente. Además, González López se mostró inconforme con el tratamiento literario del supuesto nacimiento del Niño, que apunta que del vientre de su madre salió “un pedazo de carne, de pez, de gato, de lechón”, con evidente tono poético.
Luego de un inicial y airado reclamo del hijo de doña Fabiola, primero hacia su amigo Juan Farré, y luego al propio Felipe Montes, se llegó a un acuerdo en que el Evangelio sería estudiado por los miembros de la familia, para proponer correcciones al autor.
“Ahorita la estamos estudiando y llegamos a un acuerdo con él (Felipe), como caballeros, por medio de Juan, tomamos tres copias y las vamos a estudiar”, explicó Ariel González, minutos después, a los reporteros de Monterrey presentes en Espinazo.
“Es una novela, pero habría que cambiar los nombres, por razones obvias, puede sustituirse de otra forma que uno use a los familiares”.
Respecto a las alusiones literarias, el líder fidencista se mostró descontento con el uso del lenguaje, a pesar de apenas haber leído unas cuantas páginas. No negó su posible metáfora literaria, pero se mostró escéptico de que el mensaje pudiera llegar al pueblo, a los devotos fidencistas.
“A lo mejor alguien con mucha cultura pueda entenderlo, pero ni yo, que soy abogado, lo puedo entender”, replicó. “A lo mejor de política puedes hablar así, pero de una cuestión religiosa, como es esta, es muy difícil, muy diferente”.
Interludio literario del tono de un evangelio
“El Evangelio del Niño Fidencio es un colocar en literatura, como decía Alfonso Reyes respecto a Homero: recolectar, organizar y embellecer, creo que a eso se limitó mi trabajo, un trabajo arduo, muy, muy grato”.
Esto es algo de lo que mencionara en entrevista Felipe Montes, respecto a la dimensión literaria de este trabajo, que lo llevó a Espinazo sinnúmero de veces; la primera de ellas exactamente hace doce años. Muchas horas de papel, computadora, de discusión, de paradojas temporales, de creación de un tono adoptado, según apunta, del discurso interno que ha mantenido y cultivado, así como de la poesía de Villaurrutia, Lorca, Huidobro, Neruda y Vallejo, hasta la narrativa de García Márquez, Cervantes y Juan Rulfo.
-¿Cómo podríamos definir el tono del evangelio?
-Es un tono de piedra, y místico, un tono que debe tener un evangelio. Debe ser pétreo y profundo.
-¿Tiene algún vínculo de estilo con los evangelios cristianos?
-Sí, sobre todo la técnica de la reiteración con la conjunción “y”. Ya que cada empieza una frase en los evangelios cristianos, muy seguido empieza con la conjunción “y”: “Y llegó Jesús con esto…”. Incluso desde el Génesis: “Y vio que era bueno”. También en otro tipo de reiteraciones que dan base al ritmo que conocemos de los evangelios, frases cortas, versículos, párrafos cortos. Fuera de eso, en general los evangelios no tuercen tanto el lenguaje, es un lenguaje más directo el de los evangelios cristianos. El Evangelio del Niño Fidencio sí me exigió mucho retorcimiento, muchas metáforas, muchas sustituciones de sustantivos y verbos, para emular la belleza de nuestro desierto nuevoleonés.

Una herencia religiosa
A media calle principal de Espinazo, entre la música y el color de los puestos, y dando paso a las peregrinaciones que avanzan, Ramón Ariel González es claro al explicar que de esta gran cantidad de comerciantes la Iglesia Fidencista Cristiana no recibe ni un peso, sino que es el comisariado ejidal de Espinazo el que se encarga del cobro de piso a los vendedores.
“Si caminamos a dos puestos están vendiendo bustos de Fidencio, y nosotros no tenemos nada que ver, no tenemos ganancias. Dondequiera están vendiendo cuadros, como venden de la Virgen, de San Judas, medallitas, y no tienen nada que ver con nosotros”.
El hijo de doña Fabiola López de la Fuente reconoció que es difícil entrar en esta clase de polémicas y mantener viva la herencia del Niño Fidencio, pero que lo hacen con mucho cariño:
“Es una herencia religiosa, mi herencia religiosa, yo me dedico a dignificar el nombre del Niño Fidencio, a sacarlo adelante, y es mi lucha, se dedicó mi abuelo, se dedica mi madre, y se va a dedicar mi hijo”.
El documental de Juan Farré fue ovacionado por los presentes en Espinazo, lo cual obligó a una segunda proyección. Para ese momento, doña Fabiola ya se encontraba sentada en un lugar privilegiado, frente a la pantalla, mientras Juan y Curry respondían a las preguntas de los fidencistas, de si se podía conseguir pronto la película en DVD.
Del este trabajo dijo Ariel González sentirse muy contento, así como de su amistad con Farré, a quien elogió por verdaderamente pasar tiempo en Espinazo, para conocer a fondo el trasfondo del fidencismo.
“Una vez le dije al arquitecto Benavides que están más tiempo y platican más con nosotros los reporteros de Houston o de Nueva York, que los de Monterrey. Vienen cinco minutos, toman las escenas y se van, quizá por la cantidad de trabajo, o porque tienen muchos archivos, lo que tu quieras, vienen y se van. En cambio, llegan personas como Juan Farré, o de otros países, que se están meses y años estacionados, y ya tienen otro concepto”.
El líder aclaró que el problema con el Evangelio es básicamente una cuestión familiar, en la que tiene que ver la Iglesia Fidencista Cristiana, pero sobre todo es una cuestión familiar, y se mostró esperanzado en no tener que llegar al punto de una demanda legal contra el escritor.

Finalmente, se presenta
Felipe Montes abandonó Espinazo rápidamente esa noche. Y a pesar de que se acordó cancelar la presentación del Evangelio pactada para el domingo 19, en la XVIII Feria Internacional del Libro, el escritor decidió dar luz verde a la misma, aunque aceptó que trabajará en la edición corregida con la familia López de la Fuente.
La edición primera se mantiene, aseguró el escritor, aunque tenga que considerarse un evangelio apócrifo:
“Creo que fue una cuestión de no dejar que se escape o difunda información que no ha pasado por ellos y menos que mencione nombres de parientes suyos con otras fuentes que no hayan sido ellos. Porque una de mis fuentes fue el papá de ellos (Heliodoro González, esposo de doña Fabiola), que ya murió y me dio mucha de la información que está ahí, sólo que no iba yo a discutir eso en ese momento…”
Felipe dijo no dudar de que los familiares se hayan mantenido lejos de manejar el fidencismo como un negocio, y aunque reconoció el acuerdo de las correcciones, se sintió extrañado ante el recibimiento de censura por parte de los líderes, contrario a la recepción amigable del pueblo de Espinazo.
El Evangelio vio la luz finalmente, en la sala C de la Feria del Libro, a la espera de los ejemplares tallereados por la familia González López de la Fuente.
“Tengo la gran oportunidad de que (los líderes) lo lean con cuidado porque hay partes que les van a gustar mucho, y que me digan cuáles son esas partes que será la edición modificada”.
El novelista indicó que, a pesar de todo, el escritor, como creador, no está obligado a ajustarse a ninguna atadura más allá de sus creencias y sus inquietudes, pero destacó su apertura ante la situación.
“Quizá se sintieron invadidos en su territorio al estarse vendiendo el libro y leer nombres propios o de antepasados, cuando las versiones de las que yo bebí tienen todo tipo de enfoques”.
Durante la presentación del libro, María de Alva hizo una defensa del lenguaje poético de Felipe en el Evangelio y criticó la censura de que fue objeto en Espinazo:
“La novela, lejos de criticar el Fidencismo, lo que hace es hacer un rescate del poder de la fe, cualquiera que esta sea”, explicó. “Así, al metaforizar sobre Fidencio, se le engrandece. La ficción aporta a la leyenda, dándole un giro distinto, descubriendo nuevas posibilidades para contarla”.
La catedrática del Tecnológico de Monterrey se refirió al pez, el gato y el lechón como signos inequívocos de espiritualidad: el primero símbolo de los primeros cristianos, alusión a Jesús; el segundo, símbolo de prosperidad y resurrección; y el último, símbolo de ambivalencia, como la vida de Fidencio, entre el paganismo y lo religioso.
“Lo que hace Felipe es magnificar no sólo al Niño, sino a su madre que está pariendo, puesto que hasta su panza de embarazada está escrita en altas, llevándola a nombre propio, como si fuera ella también santa por el hecho de dar a luz a ese niño”.
De Alva explicó que el Evangelio deja ser poema épico para tornarse súplica, sobre todo en los momentos en que se explican las curaciones, un texto que es imposible de clasificarlo en un estilo tradicional, a medio camino entre la prosa y la poesía.
Polémico o no, el Evangelio del Niño Fidencio abre nuevos cauces de difusión a un fenómeno religioso y de cultura popular aún desconocido por mucha gente de Nuevo León. Un fenómeno vivo, latente, una religión en gestación, que se propaga y se comienza a organizar, con todos los necesarios problemas que ello conlleva.
Sin embargo, todavía es frecuente escuchar comentarios como los de “No sabía que esto ocurría en Monterrey”, o la pregunta de una asistente a la Feria del Libro a Felipe, en el sentido de si existía un lugar donde se congregaran los fidencistas, o de si requirió viajar a Espinazo para escribir su libro.
Entre ignorancia y poca difusión, entre polémica y su lenta organización, pero llena de vida, de color y de devoción, el fidencismo, la primera religión nacida en México, llega a setenta años de existencia.
Foto superior: Abril Márquez
Fotos interiores: Gustavo Mendoza
Foto máquina del tren: Guillermo Jaramillo




