Estremecedoramente bella, Las vírgenes suicidas no es sólo la brumosa historia de cinco hermanas cuya desbordada femineidad embriaga a los chicos del vecindario, sino una toma de conciencia de lo insondable que es el pasado… pasado que va dejando apenas rastros, huellas, piezas de rompecabezas que nunca, por más que lo deseemos, volverán a encajar del todo.
Es por eso que el narrador no es sino una primera persona del plural, una colectividad, un coro de hombres ya maduros, que voltean al pasado con esa nostalgia de lo incierto, de la fascinación. Una metáfora de lo femenino, algo que apenas podría esbozarse, aludirse, pero nunca definirse. “Toda la sabiduría termina en paradoja”, apunta un personaje en la novela.
“Finalmente, dispusimos de algunas piezas del rompecabezas pero, por muchas combinaciones que hiciéramos con ellas, seguía habiendo huecos, espacios vacíos de formas extrañas, delimitados por todo lo que los rodeaba, países que no sabíamos nombrar”.
Jeffrey Eugenides. Las vírgenes suicidas. Barcelona: Anagrama, 2001. Traducción de Roser Berdagué.