U N O ”Ayer me estaba entrando uno de los ataques de pánico que padezco, y llegué al teatro y se me quitaron. Si para mí los teatros son como mi iglesia, me siento muy protegida, y con el público también, me encanta esa comunicación con el público que es importante, lo que me transmiten ellos y lo que yo les trato de transmitir; hay una comunión, y es algo que no puedo dejar, así como tanta adrenalina que todavía tengo, echarla, para que no me ataque el pánico”.
Eso dice Pilar Rioja, entre risas.
Amable, conversa en el lobby del hotel Ancira de Monterrey. La noche anterior cerró el Festival Alfonsino de la Universidad Autónoma de Nuevo León con su pasión desbordada sobre el escenario. La energía de sus tangos y tientos provocaron que uno que otro asistente al Aula Magna del Colegio Civil desahogara con un “¡Olé!” la pasión contenida.
Pilar dice adiós a los escenarios a sus setenta y cinco años de edad, aunque su gira de despedida apenas comienza. El día de la entrevista bailaba en Saltillo y al siguiente en su ciudad natal, Torreón, donde el cruce de las calles Morelos y Colón guardan su figura esculpida por Joaquín Arias, y más al sur, en la antigua estación del ferrocarril, el Centro de Iniciación Artística del ICOCULT lleva su nombre.
“La despedida va para largo, porque pensamos hacer todo México, y México es muy grande. También en Nueva York, a donde voy seguido… Nos vamos a tardar un poquito, porque apenas empezamos en Veracruz”, explica una Pilar dispuesta a dejar de bailar hasta que su cuerpo ya no tenga las fuerzas suficientes.
Difícil abandonar una carrera que inició a sus breves trece años, aprendiendo a bailar las jotas andaluzas que le enseñaran sus padres, de origen español. De ahí a sus primeras presentaciones en la parroquia del Perpetuo Socorro y en el Teatro Princesa en el lejano Torreón de los años treinta.