Baúl de Long Plays

Enero 31, 2008

Orhan Pamuk – El libro negro

Archivado en: Reseñas — by staff @ 7:18 am

libronegro.jpgI no more wrote than read that book which is
The self I am, half-hidden as it is

Delmore Schwartz

Rüya desaparece una mañana misteriosamente dejando a su esposo, Galip, un joven abogado, sólo una carta de diecinueve palabras, escritas con bolígrafo verde, el mismo de su primo Celal, columnista del diario Milliyet; bolígrafo que emergerá del fondo del mar cuando las aguas del Bósforo se sequen, quedando al descubierto todos los vestigios de las civilizaciones que han poblado Estambul a lo largo de los siglos: desde los griegos, los romanos y los bizantinos hasta los otomanos y los turcos.

 Los turcos y su angustia permamente, su hüzün persistente, el dolor del recuerdo de un pasado glorioso y el titubeo ante el futuro, ante la duda de la identidad, sin saber que la identidad es un entramado de memorias y de historias ajenas. ¿Cómo ser uno mismo? Contando historias, absorbiendo todas las historias de la humanidad hasta quedar vacío y lleno a la vez de ellas.
Lleno de historias como en un tejido. Como un juego de cartas en que cada baraja es un epígrafe, como cada uno de los que encabezan los capítulos de El libro negro. Por eso bien nos advierte M. Balamir en uno de ellos, extraído de sus Cartas a un joven periodista que cita Pamuk:

Adli: “¡No uses epígrafes porque matarían el misterio de la escritura!”
Bahti: “Si tiene que morir así, mata entonces tú también el misterio, ¡mata al falso profeta vendedor de misterios!”.

Sí. El misterio de la escritura; porque la vocación del escritor es crear el artificio que mezcle a la perfección su entramado de historias, de voces que convergen en él, para moldear una nueva voz. Aniquilar al misterio con la confianza de ser dueño de uno mismo, asumidas todas las historias, para poder negar que una serpiente envuelve la montaña de Kaf, contrario a lo que indicara la sabiduría mística de Ibn Arabi.
Mística sufista, como la de los hurufíes que creían leer mensajes en los rostros de las personas, como los rostros que Celal acumulaba en una caja. Rostros anónimos y a la vez tan familiares porque sus historias son también las nuestras. Las palabras de sus rostros a fin de cuentas son las mismas de nosotros. Porque la memoria es también es escritura, y la escritura es un vagabundeo en los jardines del sueño.
Rüya significa ”sueño” en turco. Como la escritura que es sueño por el mero hecho de ser escritura. Rüya es escritura, puesto que Galip sólo puede reconstruir su imagen por medio de ella, su único consuelo. El único consuelo de todos, en realidad.
Si necesitara sólo una palabra para definir El libro negro de Orhan Pamuk, sería evocación: Evocación de las calles, de los edificios, de una ciudad que es a su vez memoria colectiva e historia, por lo que la novela es la gran novela de Estambul, pero bien podría serlo de cualquier otra; evocación de la literatura, de las palabras de todos los autores que hemos leído y hasta los que no lo hemos hecho (no por nada la crítica ha destacado que el ‘Obscuri libri’ de Botifolio, al cual se atribuye la frase de ‘No hay nada más sorprendente que la vida, excepto la escritura’, es una invención de Pamuk). Evocación de las personas que hemos conocido, de la gente que se ha ido, de todos los que han convergido alguna vez con nuestra vida y han dejado una marca en ella, de los que han contribuido a que nosotros seamos tal cual somos, aunque debamos convencernos de que el ‘yo’ no existe, sino sólamente el “Otro”. Yo soy el Otro, como el Otro soy yo.
Finalmente, aparte de ser el gran canto a la literatura, a la memoria, al amor y a la alteridad, El libro negro es un gran oda al periodismo, a su magnestismo, a su necesaria conexión con la vida, a su estatus de no ficción, a su naturaleza de receptáculo de la cultura, del entramado de historias y de verdades que nos construye. Nunca somos nosotros mismos, sino los demás.
La escritora Dulce María González no pudo haber resumido mejor la belleza de El libro negro en estas breves palabras que me permitiré citar de su blog:

Después de leer “El Libro Negro”, de Orhan Pamuk, una no puede pasar la página como si nada hubiera sucedido. Su vastedad nos obliga a regresar constantemente, a intentar comprender los detalles, el sentido de las anécdotas.  (…)
Si la memoria de un escritor contiene una cantidad infinita de memorias, si a través de su voz escuchamos las voces de todos los autores que éste ha leído y que a su vez leyeron a múltiples autores, entonces, ¿cómo saber quién escribe en realidad? O, dicho en palabras de Pamuk, ¿cómo hace un hombre cualquiera para ser él mismo?
En este sentido, la importancia de la lectura no consiste solamente en ampliar nuestro conocimiento del mundo, sino en la posibilidad de apropiarnos de la memoria de los otros y vislumbrar, al fin, de qué materia estamos hechos y cuál es el sentido de nuestros actos”.

Demoledora, profundamente conmovedora, poética, y, sobre todo, evocadora, El libro negro es quizá la novela que más me ha marcado en todo el tiempo que llevo tratando de descubrir el mundo por medio de la escritura. Pero como bien apuntara Fernando Vallejo al respecto del Quijote: “El genio de Cervantes descubrió que la literatura, más que en la vida, se inspira en la literatura”. Una vez más, no hay nada más sorprendente que la vida, excepto la escritura.
La vida (y la memoria) no es mas que una colección de epígrafes. Todo lo hemos leído o escuchado ya, y aun así, la escritura (y por ende, la evocación) es todavía nuestro único consuelo.

Pamuk, Orhan. El libro negro. México: Alfaguara, 2007. 578 pp. Traducción de Rafael Carpintero.

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Enero 25, 2008

Amor por el vinil

Archivado en: Periodismo — by staff @ 6:54 am

UNO // Jorge Solís muestra con orgullo una caja dura de plástico transparente que deja ver en su interior la redondez de un disco de vinil estampado con la portada del “Abbey Road” de The Beatles. No, no es la funda, es el propio disco el cual tiene impreso en sus surcos la imagen del cuarteto cruzando una calle londinense.
“A mi me contaban de este tipo de discos y no les creía”, menciona, mientras mira la pared con otros discos parecidos, con imágenes de los artistas impresas sobre los surcos.

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Enero 6, 2008

Bob Dylan – Modern times

Archivado en: Long Play's — by staff @ 5:06 am

moderntimes.jpgNo cae duda de que Time out of time (1997) es la obra maestra del Bob Dylan reciente. Se trata de un disco monumental, hermosísimo, la culminación que mi colega Carlos Velázquez (en su reseña de Time out of mind) propone de una trilogía que empieza en Oh mercy y sigue en Under a red sky; a diferencia de la conexión que la crítica ha forzado, entre Time out of mind, Love and theft y su trabajo más reciente, Modern times, negada por el propio Dylan

Hacia su más reciente trabajo voy. Modern times (2006) es la contraparte del Dylan desolado y dolido de amor que encontramos en Time out of mind. Si una década atrás el poeta se dolía de amor en temazos como “Standing in the doorway” o “Love sick”, Modern times es un canto luminoso, de un Dylan enamorado, optimista y vigoroso. La coquetería de Dylan estalla en “Spirit on the water”:

When you are near
It’s just as plain as it can be
I’m wild about you, gal
You ought to be a fool about me”.

Mientras que en la preciosísima “When the deal goes down”, las promesas de amor de Dylan voltean hacia la eternidad:

I picked up a rose and it poked through my clothes
I followed the winding stream
I heard the deafening noise, I felt transient joys
I know they’re not what they seem
In this earthly domain, full of disappointment and pain
You’ll never see me frown
I owe my heart to you, and that’s sayin’ it true
And I’ll be with you when the deal goes down”.

En Modern times la esperanza ilumina todos los tracks, a pesar del drama social de ”Workingman’s blues No. 2″, de la sutil tristeza de “Nettie Moore”, o la oscura poesía de ”Ain’t talkin”, canciones que muestran la pluma de Dylan en perfecto estado de salud.

El eterno aspirante al Premio Nobel de Literatura y el ahora Premio Príncipe de Asturias de las Artes desarrolla un disco sólido, impresionante, al nivel de las expectativas, pero que no logra superar a Time out of mind.  Con todo es una obra maestra, prueba de que Dylan, a sus sesenta y seis años, sigue en perfecto estado creativo. Gran noticia, puesto que el 29 de febrero de esté recién estrenado año 2008 Bob se presenta en la Arena Monterrey. Ahí estaremos.

Enero 4, 2008

PJ Harvey – White Chalk

Archivado en: Long Play's — by staff @ 6:41 am

white.jpgPolly Jean, siempre tan frágil, con esa voz siempre al borde del estallido. Lejos quedó ya la aguerrida joven al mando de un power trío en plena época grunge, capaz de escupir los violentos Dry (1992) o Rid of me (1993), y la ganadora del Mercury Prize por Stories from the city, stories from the sea. Polly es ya una institución en el rock alternativo británico, pero no por eso detiene su búsqueda sonora. Su nuevo disco ya está en las tiendas, lleva por nombre White chalk. El resultado es probablemente uno de los discos más ensordecedoramente bellos de su carrera; por supuesto, uno de los mejores de este 2007 recién cerrado.

Uno de los detalles que convierte a White chalk una experiencia sublime es el ambiente absolutamente acústico del disco. Las canciones giran en torno a los sonidos del piano, que Polly Jean recientemente aprendió a tocar, el arpa y el autoharp. Los suaves arreglos de armónica, banjo, batería o guitarra acústica aparecen de una manera discreta y sumamente precisa para configurar este entramado de intrigantes, oscuras y bellas canciones.

White Chalk es, sin lugar a rodeos, una obra maestra de folk, un deleite para los oídos, un recordatorio de cuan vigente sigue el trabajo de Harvey. Un trabajo que se conecta con una de las más brillantes joyas contemporáneas del género: el magistral Ys de Joanna Newsom. Dos voces privilegiadas, dos etéreos tintineos de arpas y piano, dos experiencias absolutamente conmovedoras.

“Grow, grow, grow”, en vivo:

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