De hipotermias, gringos, crack y editoriales (Entrevista con Álvaro Enrigue)
¿Hipotermia se trata de un libro de cuentos, una novela, o una novela por cuentos? ¿Cómo podríamos definir su estructura?
¿Sabes? Ya no sé bien, cada vez estoy menos seguro. Pero el proyecto era originalmente hacer un libro de cuentos consistente como una novela. Es decir, había una suma de relatos sobre la experiencia de los Estados Unidos, acumulada, porque los cuentos son algo que se va acumulando con la vida, si vives de esto. Y la idea no era publicar, que es algo que he tratado de hacer siempre con mis libros anteriores: no publicar un libro de cuentos que se acumularan, sino un libro que se pudiera leer de dos maneras distintas, que se pudiera leer como un libro de cuentos, o que se pudiera leer como si tuviera un aliento más largo, el aire seco, familiar que tienen las novelas.
La idea central es no decidir. Hay un momento muy importante en la cultura, en la película Blade Runner, en el que no se sabe si Harrison Ford es o no un replicante. Entonces le preguntaron a Ridley Scott (director) si era o no, y él respondió: “No sé”. Y a mí me gustaría responder de la misma manera. No sé si es un libro de cuentos o una novela. Creo que la idea es que no se sepa. Me parece que dependemos demasiado de los géneros y las etiquetas cuando un libro puede ser distinto, intragenérico, puede ser mezclado, puede ser algo que esté en medio.
Porque finalmente los cuentos están cerrados en sí, pueden leerse independientemente…
Sí, son cuentos-cuentos. Si hablamos del proceso de escritura, para resolver el misterio, muchos de los cuentos están escritos de manera absolutamente independiente y sin pensar en libro. El cuento es un género un poco mercenario, en el sentido de que te piden un cuento, cobras por él, lo entregas. A la hora de integrar el libro reescribí todos esos cuentos, voluntariamente, para que tuvieran un solo aire y para que el personaje pudiera o no ser el mismo, pero sobre todo hay como pruebas constantes de que es casi mismo personaje. Y escribí muchos otros para que amarraran esos cuentos. El libro, en términos de cómo está pensado, está pensado como una novela. Es una cosa que empecé un día y terminé otro. Lo que sucede es que tenía mucho material preparado. Entonces es eso, un libro ambiguo. Los cuentos se pueden leer por separado, totalmente. Era la idea de que al irse acumulando fueran significando otras cosas; si tu lees uno de los cuentos de Hipotermia aislado significa algo, dice algo, pero si lo lees en el contexto del libro dice una cosa completamente distinta, porque los cuentos que van adelante y atrás modifican el sentido de los demás.
Mencionabas alguna vez que el único gesto revolucionario de la literatura mexicana del siglo XX, específicamente de autores como Salvador Elizondo o Sergio Pitol, era ese juego de espejos entre literatura y autobiografía. ¿Se puede decir que Hipotermia tiene algo de autobiográfico?
No, si te fijas la afirmación que sigue en ese texto es: “y nuestra generación no lo ha hecho, somos unos timoratos”. No, no es un libro autobiográfico. Lo es en la medida en que la narrativa siempre es experiencial. Es decir, siempre está relacionada con una serie de vivencias que has tenido. Pero el personaje de Cathy no es mi esposa y mi familia tiene una composición distinta a la familia de los personajes. Es más bien autobiográfico de mis amigos. Las familias y las desgracias de algunos amigos washingtonianos. (Risas) No las mías personales, creo que eso me permitía ver con cierta distancia y poner problemas más grandes que los pequeños debacles familiares. Creo que si hubiera escrito sobre una debacle familiar mía hubiera sido un libro mucho más intenso y más emocional. Creo que es un libro muy cartesiano, que piensa mucho sobre la realidad, sobre el fenómeno gringo, sobre ser mexicano en Estados Unidos, sobre el fenómeno este de que las cosas no son lo que parecen, básicamente.
Precisamente este tema de Estados Unidos me llama la atención. En Hipotermia aparece a veces como un infierno lleno de catástrofes…
(Risas) Pues es lo que es…
…y en otras como un pueblo necesitado urgentemente de una terapia psicológica. ¿Cómo percibes la sociedad estadounidense?
Mira, yo no he vivido ahí desde hace tres años, que han sido tres años decisivos. Yo me salí de Estados Unidos básicamente por razones políticas, porque no podía soportar al gobierno de Bush y lo que estaba haciendo. Es un país muy interesante, el país de mis hijos, de mi mujer. En el momento en que yo salí de Estados Unidos había una convicción de que la Guerra de Irak era necesaria y justa. No he vuelto, y es por las mismas razones políticas. Voy a volver ahora en Navidad y a ver cómo nos llevamos los Estados Unidos y yo, pero me parece que el panorama se ha modificado y los prospectos electorales han permitido que la discusión cambie. Ya por lo menos hacia la pertinencia o no del retiro de Irak, que era algo que cuando salí ni siquiera se podía pensar. Hubiera sido considerado anti patriota inmediatamente. Entonces, bueno, este país abandonó su historia democrática, incluso social-democrática de la mayor parte del siglo XX; yo vi desmoronarse parte de esa ilusión, del país que funcionaba. Llegué a vivir al país de Clinton, que era un país muy justo, socialmente admirable, en el que había mucho trabajo, mucho dinero, y cuando salí aquello era el tercer mundo ya. Ahora no sé cómo estén las cosas, leo por supuesto los periódicos gringos, pero creo que si eres escritor lo que más te preocupa es el feelin’ de la calle, no lo que dicen los periódicos. Mi lectura contemporánea no sería buena. Te podría decir algo mejor en enero.
Regresando al tema de la literatura, en los noventa los escritores del crack se propusieron una alternativa o un cambio en la escritura y han terminado más reconocidos como burócratas culturales. En cambio, de autores como tú o Mario Bellatin han venido propuestas verdaderamente interesantes. ¿Crees que el crack fue un golpe más mediático que literario?
Yo creo que fue un gesto mediático asumido. No creo que ni Jorge (Volpi) ni Nacho (Padilla) o Pedro Ángel (Palou) hayan pensado en algo distinto que un golpe mediático cuando lo estaban haciendo y no creo que haya que escandalizarse por ello. Bueno, el boom fue un fenómeno exclusivamente mediático. Ellos eran unos escritores muy talentosos que escribían en sus casas y a una señora catalana se le ocurrió convertirlo en un movimiento. El crack tuvo desde el principio esa intención más bien mercadotécnica, y creo que Jorge siempre lo ha dicho y en ese sentido ha sido muy honesto. Él dice que el problema de una mafia surge cuando es secreta; si la mafia está a la luz del día no se está engañando a nadie. Creo que en ese sentido tiene razón. Creo que como todas las generaciones se fue, no disolviendo, puesto que todos ellos siguen siendo muy amigos, yo soy amigo de ellos, sino que cada quien fue agarrando su ruta naturalmente, al igual que pasó con el boom. Creo, sin duda, que la producción del boom fue infinitramente superior, me parece que en el boom las obras antecedían al movimiento y aquí el error en todo caso es que el movimiento antecedió a las obras; las obras no daban todavía como para similar el escándalo. De ahí que haya sido siempre un movimiento en disputa, y que no haya tenido la unanimidad que han tenido otros movimientos de la literatura continental.
¿Crees que estas obras han estado finalmente al nivel del golpe mediático?
Pues a mi hay unas que me gustan y otras que no. La mayoría realmente no, bueno, son mis amigos y lo saben, pero la mayoría me parece que son novelas realistas, más bien como de esta literatura española muy realista que se vende mucho pero que termina siendo demasiada ambiciosa y con muy pocas propuestas. Cada uno de ellos tiene algo interesante: Nacho es un prosista muy fino, con una imaginación muy conservadora, pero es de verdad un prosista eficaz y fino. Jorge tiene como esta capacidad de sintetizar problemas que no sé si termina sirviendo o no para un novelista, pero al final son novelas que leo y leo con cierto gusto. Pedro Ángel es un escritor muy versátil. Tengo la impresión que la cuestión del crack terminó haciendo más daño que bien, y que, por tanto, habría que usar la facultad de la misericordia para hablar de ellos. Creo que eran buenos escritores que al juntarse produjeron una serie de envidias y cosas feas que no se merecían, porque al final son buenos escritores, y en verdad aman a la literatura, están como todos, tratando de escribir un buen libro, y no siempre sale, no hay por qué írseles al cuello.
Tú eres editor de Letras Libres…
No, ya no. Lo dejé hace unos días, el mes pasado (septiembre), en muy buenos términos. Voy a seguir colaborando, voy a seguir en el consejo editorial de la revista. Sigo ahí adentro, pero salí de la operación cotidiana de la redacción.
¿En tu opinión cuál es el papel que ha jugado esta revista en la cultura, en la literatura mexicana?
Mi visión va a ser siempre parcial, seguramente si le preguntaras a los amigos del crack responderían otra cosa. Pero creo que es la revista que sostiene, tanto como puede y batallando todos los días, el estándar del rigor editorial y de gusto literario y de incidencia en la opinión pública de México. Lamentablemente es una revista que se quedó sin competencia. Hubo un tiempo en que Vuelta y Nexos podían competir, pero la verdad es que Letras Libres mantuvo el espíritu de Vuelta, que es un proyecto bastante distinto, pero mantuvo, sobre todo en términos literarios, ese proyecto. Nexos dio muchos tumbos, y aunque ahora se está levantando, no me parece que sea una competencia directa para Letras Libres. Soy muy parcial, tremendamente parcial, se trata del grupo editorial al cual pertenezco, pero en realidad no hay nada así: los poemas que publicamos en Letras Libres, los cuentos que publicamos, son los importantes en la lengua. Letras Libres tiene ediciones simultáneas en México y en España. En España no es una revista tan popular como en México -popular en un sentido realista, no como TV y Novelas-, pero es una revista muy atendida y muy seguida por el medio editorial español, una revista que leen los que tiene que leer, y que tiene una conversación con toda la lengua. Algo que lamentablemente no tiene otra revista hispanoamericana. También el medio mexicano se ha dosificado, el final de la guerra fría se llevó las discusiones violentas, los ideales, pero sobre todo se generó una especie de zona de acuerdo gris, en la que sí, todos somos socialdemócratas, un poco más de izquierda, un poco más de derecha, pero socialdemócratas al final. Pero esas discusiones tan buenas y productivas que se habían producido desde la época de Contemporáneos se han terminado. O a lo mejor es solamente arrogancia y me disculpo públicamente por ello (Risas)
Además sigue siendo todavía muy difícil el medio editorial mexicano…
Yo creo que hay una cultura de la queja en general en la cultura hispánica, o sea, si hablas español te quejas mucho más que si hablas otra lengua. No sé por qué nos gustan menos las cosas. En el medio editorial, que ha sido un medio bien protegido y además está muy bien que esté protegido, hay la costumbre de tener una red, pero las revistas ahí están. La gente quiere hacer una revista y la hace. En el caso de Letras Libres se trata de una revista instaladísima, es otra cosa. Pienso por ejemplo en Revuelta, que se hizo con la subvención de la universidad de Puebla, (Universidad de las Américas), pero bueno, la hicieron y ahí está la revista y tiene colaboradores latinoamericanos y funciona bien. También está el caso un poco más conmovedor de Cuaderno Salmón que es una magnífica revista literaria, pero magnífica, como no ha habido en mucho tiempo, muy buen gusto, extraordinario contenido, y que estuvo con la subvención de la UNAM y ahorita está liberando de ella y va a tener publicidad y demás. Entonces, si lo quieres hacer, se puede. Las editoriales independientes están atreviéndose a sostener un diálogo con la literatura mexicana. Es recurrente que todo mundo se queje, pero yo, sinceramente y desde adentro, lo veo bastante saludable, o al menos más saludable que el gremio en el que yo crecí, que fue el de los años noventa, cuando estuvo a punto de extinguirse todo. Las transnacionales ocuparon un espacio muy importante en el medio editorial mexicano, pero ahora creo que ya están en reitro. ¿En este momento quién le hace caso a Planeta? Alfaguara ya no tiene la influencia que tuvo, y en cambio hay editoriales independientes, chiquitas: Era, Cal y Arena, Sexto Piso, por citar solo algunas, que son las que están proponiendo.
En El Porvenir
20 de octubre de 2007

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