Recuerdo dos fotografías del checo Josef Koudelka, de su serie dedicada a los gitanos. En una de ellas un grupo de personas vela un cadáver en una habitación; en la otra, dos violinistas y un contrabajista aparecen en la calle con el fondo de una festividad pública. El sábado, en la Plaza 400 Años, el músico bosnio Goran Bregovic demostró que su banda hace honor a su nombre (Goran Bregovic & Wedding and Funeral Band) y son capaces de tocar marchas fúnebres y temas ambientales, así como canciones veloces y festivas.
Goran se mostró complacido, y complació a la asistencia que bailó sin parar su “Kalashnikov” con inesperados reprises con que cerró su participación. Bebió a la salud de su público y les enseñó una canción balcánica usada para beber en el ejército. El ambiente gitano se apoderó de Monterrey. Dos horas y media de concierto.
En realidad Bregovic no es el centro del espectáculo. Es más bien el director que mira complacido el desempeño de su enorme ensamble: su Goran Bregovic Band de percusión, metales y alientos, un coro de hombres, orquesta de cámara y coristas ataviadas al estilo tradicional.
El inicio del concierto nos recordó su papel de compositor de bandas sonoras en las películas de Emir Kusturica. Música ambiental y espiritual; voz y cuerdas como una tranquila ceremonia. Repentinamente el sonido cambia de ubicación y, cruzando el público, un cuarteto de metales, vestidos a la usanza tradicional balcánica, avanza hacia el escenario. Se completa el ensamble y Goran Bregovic aparece en escena. Traje blanco, guitarra eléctrica, voz ruda. Y avisa. El concierto será una mezcla de todas sus facetas: el compositor de scores, el músico independiente, el autor de una ópera Carmen con final feliz.
Y lo cumple. A lo largo de dos horas alterna entre las composiciones suaves, apoyadas en el trabajo de la orquesta y el coro, y las composiciones rítmicas, veloces, que incitan al público a bailar, a pararse, a sentir el espíritu de una región donde cristianos, ortodoxos, musulmanes y gitanos conviven muchas veces con violencia, y otras tantas con paz y ceremonia. La vida y la muerte. El funeral y la boda. Pero siempre con música.
Como las fotos de los gitanos de Koudelka, la música de Goran Bregovic reclama la memoria de lo tradicional y hace énfasis en la riqueza de lo popular. Y debido a la especial ubicación geográfica de los Balcanes, hace converger tradiciones musicales orientales y occidentales. Y si el conflicto entre estos dos polos culturales es uno de los temas claves del mundo contemporáneo, la música de Bregovic propone una integración que va más allá de los credos, las agendas políticas y las guerras.
En El Porvenir
25 de septiembre de 2007
Las dos fotografías de Koudelka:
“Es la Segunda Guerra Mundial; una canción suena en la radio”, evoca la cantante alemana Ute Lemper. “Obviamente es una radio nazi, pero la señal es interceptada por los británicos, por los franceses, por los italianos… La canción suena y hace recordar a los soldados el hogar, o el amor que dejaron en casa”. Se trata de uno de los clásicos de la música europea: “Lili Marleen”.


Qué delicia es rescatar esta fina pieza del mejor rock chileno. Si para el momento que editaron este disco (1997) Los Tres ya habían logrado obras trascendente envergadura como Se remata el siglo o La espada y la pared, faltaba redondear la faena con una obra maestra y completa como Fome.