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Si Arena de hábito lunar (1995) es la obra de madurez lírica de Marco Antonio Jiménez, y La dispersión (2009) la refinación espiritual de esa voz poética, Entrar a la antivíspera es la obra de juventud en la que ya se perfilaban sus temáticas centrales: la preocupación por el ser y su lugar en el universo, la historia y las trampas del tiempo, así como la agreste simbología del paisaje desértico.

Publicado originalmente en 1985, Entrar a la antivíspera vio la luz bajo el sello de Premiá Editores, en su colección El Pez Soluble, quienes a mediados de aquella década, junto a los zacatecanos de Praxis/DosFilos, se dedicaron a editar mucho del trabajo literario que se venía realizando en los estados del interior de la república, sobre todo en el norte. En el caso de la Región Lagunera, se trataba sobre todo de creadores del Taller Literario de La Laguna, que dirigió José de Jesús Sampedro y al cual pertenecieron, entre muchos otros, Marco Jiménez, Ivonne Olhagaray y Joel Plata.

A treinta años de su publicación, Entrar a la antivíspera es documento no sólo indispensable para la literatura lagunera, sino un poemario que aún tiene mucho que decirle a los lectores del norte. En 2011 vio la luz esta reedición de la Universidad Autónoma de Nuevo León, a través de su colección Palabra en Poesía.

Marco Antonio Jiménez Gómez del Campo. Entrar a la antivíspera. Monterrey: Universidad Autónoma de Nuevo León, 2011. Colección Palabra en Poesía.

Poema “La vieja dice a su vaquero sin nombre”, en voz de Marco:

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Publicado en el diario Vanguardia
(Saltillo, México)
21 de julio de 2013
Página web - Impreso

“En los pueblitos del norte siempre ha corrido la sangre”

Cuenta la leyenda que Julián Garza escribió en apenas una semana, a principio de los años setenta, cinco de sus corridos clave: “Las tres tumbas”, “Pistoleros famosos”, “Nomás las mujeres quedan”, “Jesús pata de palo” y “Luis Aguirre”. Los dos primeros, en voz de los Cadetes de Linares, son acaso los más celebrados, parte indispensable del cancionero norteño.

En “Pistoleros famosos” Julián pasaba revista a esa élite de bandoleros y traficantes de antaño. Gentes de honor y lealtad, que “murieron porque eran hombres, no porque fueran bandidos”.

Era otro norte, a pesar de que la sangre, como bien sentenciara el Viejo, nunca ha dejado de correr en estos lares.

Músico empírico -lírico, como dirían las gentes de antaño-, oriundo de los Ramones, Nuevo León,  Julián Garza Arredondo partió de este mundo dejando un amplio legado, pero también muchos pendientes y consignas a investigadores y periodistas, quienes han navegado muy superficialmente las aguas broncas de la música norteña.

Quizá sea Julián quien más ha interesado a los estudiosos. Un par de libros: El cancionero El Viejo Paulino, poética popular de Julián Garza, a cargo de Guillermo Berrones, editado por la Universidad de Monterrey y el Fondo Editorial Nuevo León. Y en segundo lugar: Diez mil millas de música norteña: memorias de Julián Garza, recogidas por Guillermo Hernández, investigador de la Universidad de Texas, y editadas por la Universidad Autónoma de Sinaloa.

Ya con fama de compositor a cuestas, Julián formó un dueto con su hermano Luis, y a partir de 1973 comienza su carrera como intérprete. Coqueteó también con el cine, con el guionismo y la actuación, gustó que llevó hasta a sus últimos y guarrísimos videoclips. Pero su fuerte siempre fue la música. Luis y Julián completaron 30 años de trayectoria con el mote de “los amos del corrido”.

Su carrera, como la de muchos músicos de los golden years del norteño, poco a poco parecía quedar ajena a las nuevas exigencias de la industria cultural de fin de siglo, inmersa en el sonido grupero, tejano, tex-mex y banda. Pero Julián habría todavía de emprender nuevos caminos creativos.

“No pudo ordeñar la vaca porque se mamó el becerro”

A finales de los noventa, motivado por las licencias de lenguaje que se habían tomado los músicos del rock mexicano, Julián dio un giro a su producción musical, lo que el escritor Carlos Velázquez ha dado recientemente en nombrar el corrido post-norteño.

Echó mano a la picardía norteña piporresca y el habla vulgar, y se transformó a sí mismo en un personaje cómico: un norteño bragado, galán y cabrón. Era ca… el viejo (1999) es el primer álbum de esta última etapa. Había nacido el Viejo Paulino.

Al poco tiempo, él y su hermano Luis deciden tomar caminos separados, por lo que Julián decide seguir adelante como El Viejo Paulino y su Gente, hasta 2012, cuando se despide de los escenarios. En esos años despachó hits que no necesitan explicación: “Se mamó el becerro”, “El mono de alambre”, “De cabrones tengo un rancho” o “La mesera”.

La muerte de Julián Garza impacta, sin duda, por la masividad que alcanzó su personaje del Viejo Paulino; por ese culto pseudointelectual que alcanzó en círculos jóvenes y clasemedieros. Pero no hay que olvidar que su obra proviene de una tradición de compositores y corridistas de antaño. Músicos que no han obtenido el valor, estudio y reconocimiento que ameritan.

Quizá por ello, uno de sus últimos proyectos fue el disco Los amigos desde el rancho, que, en la misma línea revival/homenaje de Pesado y su Desde la cantina, unió a personajes como Ramiro Cavazos (Los Donneños), Juan Villarreal (Los Cachorros) o Carlos Tierranegra (Carlos y José).

Con Julián Garza se va una parte indispensable de la cultura del norte, pero nos deja también una puerta, una oportunidad de revalorar y estudiar a los intérpretes, músicos y compositores que habitan esta historia que se pierde en terregales y en kilómetros de música norteña.

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Los chicos de Le Bleu Band son como esa rosa de los vientos que conjuga en un sólo círculo todos los puntos cardinales. No sólo porque sus integrantes provienen de norte y sur, sino porque su música, aunque afincada todavía en la tradición del jazz y el funk más clásico, busca brincar de dirección a cada compás de sus intensos jams.

Aunque radican en Toluca y su vínculo es el Conservatorio de esta mexiquense capital, la raíz de Le Bleu Band se encuentra en el norte, en la desértica -y ahora violenta- ciudad de Torreón, Coahuila, a mediados de la década pasada. José Cobián (teclados) y Omar “Blue” Padilla (guitarra) comienzan su formación en el Centro de Iniciación Artística del Icocult, bajo la batuta de Armando Martínez “Cuty”. Cobián ya había hecho retumbar la escena local rockera con Tusanga Mata, banda tan iluminada como efímera, pero es en esta institución donde Le Bleu Band da sus primeros pasos con distintas alineaciones.

Sus inquietudes sonoras pronto los llevan al centro del país, donde Padilla, Cobián y el baterista Isaac Rodríguez coinciden en el Conservatorio con Mario Wong, músico guatemalteco que aportó al sonido de les bleus su sax rudo. Era 2008. Con esta formación comienzan a tocar en cualquier rincón de Toluca y el DF que les abriera las puertas. La grabación parecía el paso a seguir, y la banda acaba de llegar a la cita. La alineación quedó formada por Cobián, Padilla y Wong, a quienes se unieron Aarón Flores (batería) y Edith Hernández (bajo).

Le Bleu Band (Independiente, 2013) es el título de este álbum debut, fresco e intempestivo. Con tracks de maravilloso funk como “Trafik” o “Mr. Max”, o la melancolía de “Adiós nunca”. Pero atención, lo más atractivo del disco está en en esos temas donde nos anticipan un sonido que, me atrevo a decir, definirá su posterior trabajo. Me refiero, precisamente a “Les enfants terribles” y “Transmutación”, donde los bleus parecen más libres y cómodos. Dos temas de impecable factura.

Había que entrevistar a Le Bleu Band, y por eso tuve esta charla con José Cobián.

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Fragmento de la presentación del libro Canciones para las muchachas tristes de Guillermo Jaramillo
(Monterrey: Editorial An.Alfa.Beta, 2013).

Jaramillo, con su segundo libro, nos demuestra que ya es dueño de un estilo, de un lenguaje y de una intención muy clara. Jaramillo es muy guasón en su persona y en sus versos, y aunque la guasa sea eterna, no se descuiden, porque sus versos te atrapan, te meten unos alcoholes y te dejan abandonado a tu suerte, a bordo de un Ruta 2 por Colón a las 3:30 de la mañana.

Digo esto porque Canciones para las muchachas tristes es un libro oscuro como su portada y su título, de noches de juerga, de desvelos, pero también de luz y de preguntas. De madrugadas, para ser más exacto. Como cuando la mañana te sorprende de fiesta, y te descubres a ti mismo tirado en un sillón, con más dudas que certezas. Pero qué no es la poesía sino un constante plantear de dudas.

“Siempre es de madrugada en Monterrey”, nos escupe Jaramillo, y nos obliga a buscarnos en el espejo, a hacernos esas mismas preguntas que se hace, una tras otra en “Canción de la ciudad al alba”, y al final reconocernos, al igual que él, como eternos navegantes de esta urbe oscura, anochecida, cada vez más inhabitable e inhóspita. Otra vez un verso: “Es el andar en Monterrey el vicio que me he cargado de penitencia”.

Si han leído Algo suena a una mujer que se va de casa, se darán cuenta que el poeta, que en ese primer libro se sumergía con nostalgia entre los recuerdos de la niñez en Terán y los barrios bravos de Monterrey, ahora ha mudado en un viajero nocturno de bares y calles sórdidas, y su lenguaje se ha endurecido a consecuencia. Pero también es más juguetón y más tramposo, y nos plantea preguntas que iluminan con su inocencia, sin dejar de lado la voz tierna con la que dirige versos a sus padres y su amada, a quien dice con toda transparencia: “Ella sabía que yo no quería jugar otro juego donde no estuviera la cicatriz de su nombre”.

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Publicado en Actas. Revista de Historia de la Universidad Autónoma de Nuevo León. No. 9 / Enero-junio 2012

El verano pasado entrevisté al historiador Artemio Benavides Hinojosa para la revista Actas de la Universidad Autónoma de Nuevo León. Benavides falleció en diciembre pasado y quizá esta sea la última entrevista que dio en vida.

“La historia no es tribunal”: Artemio Benavides Hinojosa

Artemio Benavides Hinojosa es de los pocos historiadores nuevoleoneses cuya obra ha encontrado difusión nacional, fuera del ámbito académico. Sus biografías a dos personajes clave del noreste, Bernardo Reyes y Santiago Vidaurri han sido publicadas por el sello Tusquets, y actualmente se encuentra terminando una investigación en torno al convulso año de 1929. Su nombre se encuentra también íntimamente vinculado al Archivo General del Estado de Nuevo León, donde fue director. Además, encabezó la biblioteca del Tecnológico de Monterrey y fue director de la Universidad de Monterrey. En entrevista, el historiador, originario de Los Herreras, Nuevo León, habla de su formación, de su visión de la historia y de las dificultades de abordar a un par de personajes que siguen suscitando polémicas entre muchos investigadores.

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Publicado en
Vida Universitaria No. 262.
Foto: Jessica Jaramilo

2012 fue el año tribalero por excelencia, en el que el sonido de 3Ball Mty llegó a los Billboard y al Grammy Latino. También, sin duda, las botas picudas llegaron para quedarse, y aquí te decimos cómo conseguir las mejores.

Todo sucedió tan rápido que ni nos dimos cuenta. Primero empezó con un documental de la revista Vice; claro, esto para las grandes masas, porque el tribal llevaba mucho tiempo picando piedra en el mundo subterráneo. Fue en aquellas lejanas tardeadas dominicales del club Arcoiris en el Monterrey de finales de la década pasada, cuando un jovencísimo Erick Rincón y sus compinches, DJ Otto y Sheeqo Beat comenzaron a trazar el sonido de lo que ahora es el tribal guarachero. Mezcla perfecta de música electrónica con tintes prehispánicos y groove cumbiero, tropicaloso.

Y luego las botas, claro. Esos mixtapes de tribal -quién sabe cómo y cuándo- llegaron a Matehuala, en el hermano San Luis Potosí; y de ahí pal’ real. A algún ocioso se le ocurrió que el mejor outfit para los bailes tribaleros eran unas botas tuneadas, con el pico alargado hasta longitudes demenciales, pantalón entubado, camisa vaquera, sombrero con pluma y lentes futuristas. Una nueva revolución estaba al alcance de la mano y nadie se había dado cuenta.

2011: Erick Rincón, aún sin alcanzar la mayoría de edad, era un gurú en los concursos de baile en Matehuala, mientras también hacía bailar a los hipsters en el Festival Nrmal. En la Web, chuntaritos pochos de toda la Unión Americana se dedicaban a quemar a los galanes con las botas más largas o con más luces LED. Entonces todo el mundo conoció este barullo vía Vice.

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